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Será mi transparente...

 

 

 

A María



Será mi transparente
voz la del augellin en primavera,
de enloquecido temblor
y nunca detenido.



Morirá no en su rama,
mas en su melodía,
ebrio de su canto terso,
en su luz de abandono calcinada,
cuerdecilla agitada en aquel aire,
lábil ánfora sonora
que no padece sino la pureza
de su abismado ascenso.

 


Allí está mi fuente, el ceñimiento

oscilante, donde he de ahogar, medrando,

mi nítida y musical

ala, ya arrobada.

 

¿Me llamas, silenciosa, al fin de seda,

para sumir en el espejo suave

mi canto, cuando apenas sabe ser

la flor que se abre al día colma y clara?

 

He de volcarme a tu murmullo oscuro
para hallar la otra flor que en ti se cela,
el tallo último donde posa absorto
el silencio de mi alma que se abnega.

Mas ha de germinar sólo con mi hálito
que la envuelve en su pira diamantina;
yo sólo la protejo si la inclina
la nube desatada con el viento.

Restriego éste, mi geminado brío,
para la melodía de su alba.
Y ensordezco con mi arte de armonía
ocelada a nuestra enemiga calma.



Has llegado al olvido de ti mismo
en estas turbias brumas de alcoholes,
cuando sabes cerrarte suavemente
sobre tu solo centro azorado.



En tu embriagado espíritu deflagro
la esencia de mi aroma enamorado,
el aura en que vacilas suspendido
en esta alma invisible que es tu nido.

Si te escindes para libar en mí,
si atraviesas el limen de estos ríos,
si tomas la corola irisada
que duerme intacta en esta blanda cripta,

uno solo seremos aturdido.

No es en ti en quien derramo tenue muerte.
Me envuelven estos velos dulcemente
para ser, retraída, una y casta.



¿Es vuelo ahora o lánguida caída?

Es última agonía enajenada
el trino herido que incidiendo va
aquella soledad ensimismada:
la belleza que crece dividida,
y en el seno el dolor se multiplica.



Pero dolor ya es tu antera opima,
mi ascenso, el que constela tu dulce iris.

¿He de probar este descanso tibio,
en tu púrpura, savia abierta al día,
y de noche ceñida en tu penumbra:
el hálito de la inocencia hondo
que te eleva y te crispa cuando sueñas?

El fruto que madura aquí es lazo
cincelado y abierto a la intemperie,
la diadema de lábiles pétalos
siempre inviolada, insumisa siempre.

Sí, allí yacía el dolor,
aquí reinará la dicha.
Éste será el estilado almíbar:
nuestro único alimento enardecido,
el maná de este ilapso unitivo.

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