Sacra privata

 

 

 

el hijo:

–Es ahí: tras el cañaveral y el puentecito enjuto
donde como un guijarro cada durmiente ha perdido su flanco,
aunque crucificado a un lecho sin asperezas;

el candoroso riesgo de salvar juntos, –mi seto vivo de este mundo–
los maderos muertos, nos adivina solos
en lo instable y tendido que lleva a la otra margen.

Pero hoy, la bonanza del panal acendrado de la siesta
ha hecho verdecer el campo
con la vacilación de la veste quitada
que se posa sobre una morbidez de pleamar;

sólo la impertinencia del tábano zumbón cenefa este brocado,
en cuyo tercer alto, –cercenado corazón–, nuestro corro se ofrecerá al día
como a la indiferencia del arúspice.




la madre:

–La copa de sombra, la guedejada oquedad
con que el sauce se inclina en el meandro al agua estéril,
será el engaste de nuestro goce del halo grupal,
de nuestro brillo para nadie en este cielo,
como en el cajón lacrado el de la joya
ha tiempo recibida en heredad.




el hijo:

–Cercados, cercada, eres tenuísima y tenaz
como el musgo que crece en la cascada
al borde de la roca.

Otro borde, intangible, nos ciñe por la izquierda
en los ojos del ganado que ha bajado a beber:

ése es nuestro segundo horizonte;

la mirada que refiere la criatura al sacrificio;
la mirada que espesa a la criatura
en el número crecido para el ara.

Somos ratificados en la nación extensa
por cada animal al padecer,
por su opacidad de retraimiento…

El dolor en que se abisma un animal
es el lema que arde,
el lugar por donde se rasga una bandera común
y denegada.

Sólo la sensitiva exhausta, exhaustiva,
puede ser divinidad.




la madre:

–Para un liviano manjar,
el curso menguante del arroyo
dejó la piedra que será mantel
y banco, isla en cuya mínima albufera,
vuelto hacia su envés y adormilado para siempre,

cáncer transparece…

Que hasta ella, sobre el raudo brazo,
sea para nosotros el tuyo cayado paciente.




el hijo:

–Todos, en nuestras ropas de agua…

cetrina, del color del lecho de la última consunción,
de la albura ajada que azulan ya las venecillas del transfín,
tu piel y la de él involucran la mía,
como el cielo y la tierra a la mies destituida.

Pero no temáis, cruzad, ceñid el cesto undoso
del que se sumerge lentamente…

Bajo su tibieza estival, cada mínimo hontanar del fondo
herirá el pie
y sabréis de la obra gélida
de la agujadera de los veneros y las napas…




el padre:

(–Aquello por lo que la distancia intercedió,
la patria, el polvo gradual sobre el monólogo
de los penates de allende;
lo que medró, o volteó la nube;
aun lo que la sementera equivocó;

todo eso, no está ya entre las cosas.)




la madre:

–Esta apaciguada belleza…

con un rumor de herramienta en la labor que finaliza,
con el pavoneo de la música ante lo que ya no sucederá,

desciende entre las ramas
una madurez acordada al día que declina.

(Allá, en el jardín ahogado por la paz
de algo adventicio e innombrable,
seguirá creciendo, salvajemente
el ligustro hogareño.)




la soterrada, la definida
–una voz sobrecubierta–:

–La luz se va, y os conciliáis en mí.

De ella, evidente y virtual, soy para vosotros
el sazonado fruto y la ruina abrasada,

la ceniza en el anillo,
la ceniza del agua de separación,

yo, la manifiesta,
la adolecida…




el hijo:

–El vapor de zafiro sobre la lejana
alameda,
el azul más profundo en la noche que cae,

hacia oriente…