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Pange, lingua

 

 

 


 

 

a mi padre, i. m.





Aquí sobre la mesa, junto a la ventana,
la luz yerma sesga y ciega
el oro desmoronado de la transubstanciación.

Aldo: su filo troncha aún
la corteza, y separa del pan
para tu ausencia una rodaja;

¿o es el pan mismo, el que con un color
de girasol ebrio cayendo hacia su centro,
dentro de sí se aleja,
se aleja de tu hambre que congrúe, en Rembrandt,
ese derecho regio a la renuencia y al enfado,
con el empecinado mandamiento del amor?:

iluminarse así en la crisálida de ser,

medrar y soflamarse,
hasta abstraerse por fin y derivarse…


Aldo: el aire es más leve y más puro en el livor
y el añil de los celajes, al caer
la tarde del otoño,

ágil en la florescencia de las velas
aun bajo el sopor del sol,
cuando apacienta esa nívea primavera
y la apresura en agua undosa,

pero en el sueño, es sólo seno
y secreto espesor;
en él despierta a veces el encordado
vivo de tu voz, y el timbre
juvenece, el timbre hiere y embalsama
como el color de los ciclámenes,
sin hálito, como una pura
patencia, una gota
de púrpura recogida por la nada,
encarnada y extinguida en el enigma de surgir
y substraerse…

Una barca –aun sumergida– imprime tenue
su forma a la corriente:
¿Estás así sumido en mí, obligado a esperar
el lento desguace del agua indefinida,
o figuras ya otras filiaciones, o eres libre
y filigranas tu decidida distracción?…

Si estamos simplemente ambos
en la marea mayor,
durará el dolor del nauta
lo que el más largo aprendizaje,
y cuando pasado y porvenir sean una providencia,
quedará sólo un fulgor cansado
de polen
sobre las pestañas del “ángel”…


Un niño adusto en traje marinero
vela en el apaisado claroscuro,
vela erguido entre los suyos,
no me mira,
pero en los puntos en que el sepia palidece
se deja adivinar la magnitud
del azul responsable, del azul inmarcesible
que me guarda,
y su mirada no fuga, en su mirada gravito
con las cosas y las cosas ya están sueltas
de la ajada pompa campesina del retrato.

Es el mismo azul del joven, los trozos
de cielo que enganchara la raspa, el cascabillo
de la espiga que fuiste,
dos lagos siempre algo crispados
como por el punzante deber de su pureza…

Y el mismo aun, estadizo
e infiltrado por el magma del crepúsculo
que te ganaba desde dentro,

el espejo ofuscado de tu cuerpo sin músculos,
de tu arboladura sin velamen
bajo el derrumbe de la nube,
el último refugio del reflejo
en el que por un instante fui tu hermano…


Aldo: ¡cómo te demoras en tus trajes,
cómo sigue tu letra
diciendo “a la derecha” en el estante,
cómo se atenaza tu bocado en el cubierto!

„Brot ist der Erde Frucht, doch ists vom Lichte gesegnet“

A la puerta de tu casa llegas todavía,
como aquel día de tu hija, para mí,
y la gran caja roja que me traes está llena
de mínimas faenas ferroviarias,

y en el vano de esa puerta estás llorando
ahora otra ‘primera’ vez,
y tu llanto a contraluz está transido
de una velocísima congoja,
y en la luz veo mi memoria
como un páramo batido por el viento,

y soy el vidrio del retrato,
soy la travesía del niño marinero
hasta el lugar de su bondad:

el otro niño que me mira,
y te ve, Aldo, “arreglando los juguetes”…

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