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Nada aquí el capullo...

 

 

 


(Presentación de «Atlas de la poesía argentina»)

 

 

 A mi madre

 

Nada aquí el capullo
secreto de tu alma,
grana calcinada
en el aire, temblando
de tibia leche y mieles sibilinas.

Vuelven a beber
de esta fuente tus hijos
como bestias cansadas del arado,
con la furia nerviosa en los ojos,
con la fuerza ocluida en los lomos.

Vuelven a beber
para la ebriedad
de la noche vasta,
en la mesa, el regazo
de harinas y sidras,
cuando la luz se remansa
y declina la faena.

Y el hálito de adhesión
injiere en el jardín
un alba nunca ahogada
para la sed dolada del crepúsculo.
Allí, todas se colman
las copas de las flores del adviento.

Aquí me evocarán,
carmesí de aurora,
desplegándome ahíta
en sus gemas pequeñas.

Aquí la santa rita
y esta rosa china,
esplendor de mi raíz,
el árbol del oro,
el níspero y el jazmín,
el centro serán
donde las cenizas
floten sumidas
en el fácil torbellino,
cuando os cubran de ternura
todavía increada.

Heme aquí trayendo
las delgadas guirnaldas del silencio
para palidecer
en la obra incesante.
¿No era nuestra virtud la del silencio:
abismar la palabra siempre en sí,
y cincelar el aura en el vacío,
crear, en la intemperie, su abismo?

Hámago no habrá
en los alimentos
de esta tierra bendita
de luz alucinada.

El frío no os hiere,
tendidos en la mies,
con los sueños del tejido,
porque, hebra de viento,
os amparo aquí
y mis manos de cobre
hacen de la lluvia
cálido telar
y, motas de luz,
levitando como ave del estío,
me vuelco hacia vosotros,
para abrasar las astillas
del campo, para inundaros
con el iris del ascenso:
la agudeza incisiva de las alas
para libar la brisa hechizada
de nuestro poniente.

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