La mano hojea…

 

 

 

para F. Campbell Leburn, i. m.
–ante uno de los libros de su biblioteca–





La mano hojea la estrechura gualda, áspera
y suceden capas de campo,
cotas del azar repentinamente
distendido,
donde surte un vaho de otoño antiguo,
de invulnerabilidad y prescindencia.


Lo que la inocencia del comienzo manuscribe
y desampara,
lo que el sesgado desvarío
–candoroso o fatuo– que ‘dedica’ no sitúa,
no es este olor de ajada eternidad:
en los días de poda y grisitud,
la misma solemnidad del aire ante la euforia
de la madera descendida.


(Jugaba hasta tarde entre las ramas;

y no anochecía:
decaía la hora hacia unos rimeros nimbados,
reminiscencias de martirio, –ya por ‘san pedro y san pablo’, que tendía cada ‘salto’
de la horda infantil,
sobre la transfiguración de las ‘fogatas’…)



En lo levemente irregular, en lo alineado,
cada foliación sutura al lugar la ubicuidad.
También ésta
–apenas nervada en el corte de oro unívoco–
ganada una vez en la otra tierra…


Era ella la que veías, mientras tu voz se devanaba,
simultáneamente al artilugio que iba a retenerla
de este lado?

“…
these things are over– and no more mine”



La inalterada disposición de los objetos
es su forma de padecer tu falta diáfana.


Como se pliega el campo al caer la sombra,
como se recogen las alas o el agua, –todo
lo que sólo como virtualidad
entra en el tiempo–,


el volumen sobre la napa
que el fontanero cada vez, manumite
y solicita…