La heráldica vulgar…

 

 

 

La heráldica vulgar de los mosaicos anticipa al locutorio, la concisa

vulnerabilidad de un cuerpo:
con el restricto azul de los alfiles, (su desdoblada escolta),
una mujer ahuella la mañana imaginaria, escampa gárgolas,
ambigua aún más, su ausencia, la nublada arquitectura;
una oralidad dispersa, virtual, estría la vigilia de esas férulas,
armas, cuya definición de diálogo
su agonografía
extrema al visitante, explica
en las columnas, su reversible familiaridad: de ellas, de la muerte,
la conducida demuestra con su trato que ha impugnado lo viril,
el mapa
o deterioro de carmín simultáneo en sus uñas indagadas,
el tiempo
que sobre la carne los ojos aún pueden reencontrar,
como sobre la pared ya reducida a su trasluz, los restos
del estuco implacable: “–la cárcel,
es el dibujo hecho conciencia de sus líneas,
no lo fatal de la prisión, sino su voluntaria constricción
a hojas del momento, comprende
lo que es necesidad”

 

(Dos arcadas de ámbar, liberaron entonces su piedad
de tiempo unánime: las amadas cejas certificaron nuestra alianza,
los ojos, la que como puente hacia el otro
cada uno llevaría en la ruptura, presa mutua
de un solo
paradigma):

 

Elige de él el huésped la ubicuidad de los minutos,
extrae actores, pausas, iris, predispone su arcano
a esa escena de espesor que llamará ‘nuestro pasado’,
cuya contigüidad conjura ahora la negativa de la esposa:
“–la función del maderamen de estos bancos,
es disimularte el desmantelamiento del montaje, ocultarte,
la del telón leve de mis párpados, en estos puntos que te miran,
la dolorosa diéresis de nuestra alteridad”

 

El diminuendo de un azul más oscuro, graduó en el corredor
la hora a sus escaques, desproporcionado doble llevándomela en eco
definitivamente hacia su noche,
hacia su día