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El lagar agostado…

 

 

 

I

 

 El lagar agostado es de noviembre; y es la abrumadora
claridad, o tan sólo la pericia
del ardor, en los asombros contiguos
bajo la marquesina pálida, hecha briznas
sobre una opalescencia siempre al lado de sí misma, la luz?


Oh, los fuegos, más fríos, del envés,
y la pertenencia asida, fugaz, apenas antes
de su “étoiler”, en un telón, ya, casi infinito…


Para quién, para quién dejado ‘dentro’
de la mínima clausura,
la noche con la arboladura ajena y los san telmos,
en un instante de aire?


Para quién la otra noche del cercado
blanquísimo,
donde una red se arrebuja entre la alfarería
imaginada, en un instante de agua?


Entre la planicie del ser
y la planicie del no ser,
como la inocencia que se oye sordamente golpear
en el payol, cenceña
con su cota y con sus óleos,

aunque inerme, sin embargo, ante los alfileres de la asfixia,

capturas
sólo una maleabilidad en acto…

 

 

II


Los ojos y la boca son pintados, extendidos, acentuada su languidez,
su carnalidad o seducción, o simplemente sugeridos
en un hechizo siempre más allá de sí.

–Voy…, es cosa de un minuto

Los repliegues de una o, góticos, en la penumbra
que el maxilar incera, y los párpados
parece, hubieran concedido, también, en el desmayo
de acompasarse, a la laboriosidad del artificio.

(–“¿No he visto también aquí al que me ve?”

Un destello ha terciado en lo súbito, como la gravedad viviente
entre ‘ti’ y ‘mí’.)


–Voy, voy… espérame un minuto

La rigidez de la fuente devuelve el desenfado,
que se abisma en una gimnasia, ya, del éxtasis…

La rigidez de la fuente,
en la oscuridad del tocador.

 

 

III


No de beber ábaco, el vaso que guarnece el tafilete
guarda el golpe, fungible osario él mismo
del azar, prescribiendo distribuidas
noches de samos al nácar abolido.


Sobreviene después, como un sumergimiento en lo radiante
acabada toda forma,
las completivas asas para la porcelana discurrida y anterior,

el complimiento de la muerte,
en el cuello del ánfora.

Dintornado, en ese recorrido en que la pilastra
no sostiene,
fábrica elusiva,
cada cuerpo no es ya lo más prieto del espacio,
sino un espacio cada cuerpo
por cariátide ubicua deshojado.


Y vuelve al sueño la aludida; al alabeo y la lisura
de encendida nube que se hunde,
inalcanzable e inmediata
en su posible nitidez.

Vuelve al sueño entre la voz
y la voz, que llama
del sueño a la vigilia;

vuelve y crece inútil vulneraria


para el vano por efectiva llaga vivo.

 

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