¿Quién oye desde antes…

 

 

 

¿Quién oye desde antes

crujir la seda del capullo
que envuelve el sueño de ananké?


Tiempo desigual:
en un dulce letargo se prolonga
la vida como un vástago;
mas despiertan a veces los rostros
al agua lustral
de un instante
aligerado de familiaridad.


Grava entonces las cosas
sólo un confuso perfume de antaño:

y es la quemazón de hojas
en las calles,

o la mandarina mística
salpicando agudísima
la piel del invierno,

o son los copos de azúcar en el ángelus
hacia la luz madura,

hacia el alma dominical, ya,
del íntimo principio…



¿Quién lee entonces en la tierna
sillería
de tu carne acongojada
la cifra de fragilidad
y vértigo
que labra el cantero
como en la flema de una nube?


Tú sólo puedes leerla fuera;
en otro, entrañable
y dispuesto ya a esa distensión de sí,
por la que sólo emergerá en la reticencia nuestra,
por la que se abismará en la explicitud de todo.


Oh, colección encarnada
de un reloj magistral hecho añicos,

vecino contumaz
de lo que cesa,

aprende, aprende,
como el ave zahareña del hueco de tu mano,


del vaciado de ti en el aire alto
la extrañeza

mas sobria, sobria en solidaridad distinta
con los seres y las cosas.