Elegía - a Guillermo C. Colussi, i. m.

 

 

 

La espontánea ironía, el sobrio escepticismo,
la amorosa distancia, la lúcida agudeza,
se olvidan ya de sí, sin dejar de ser lo mismo,
y el vacío a impugnar tu corazón empïeza.



Crecido hasta la máxima instancia concebible,
pródigo de tus límites, franqueas la bordura
en busca del blasón y la forma que no afible;

entretejida en todo, tu alma conjetura
la profusión de un punto, tal en el muro la hiedra,
si se aferra al lugar, y lo niega y desmesura;

¿y es sólo otra frecuencia, no signo, el de la piedra,
–dime, si ya lo sabes, ¿o es que no podría
yo entender lo que el cuerpo contradice y desmedra?–

la estelar nebulosa, la oruga, esta flor fría,
en la que uno no está, y sí la afinidad que vibra
en celdillas tenaces de varia joyería?

Tu voz se recupera, miel cauta, en cada fibra,
esclarece un panal recóndito y pondera,
con ecuánime astil, dicción e idea que equilibra.

¿Cómo decir lo íntimo? Es próvida cantera
del irisado mármol, intransferible y par,
que esculpe tu perfil en lo prístino y te espera…

en letra juvenil, en esa noche insular
de Aragón, por mosquitos transfijos y nubados,
o en Lucio con «el Corto», feliz de disparar,

porque el tiempo empezaba, volcándose a ambos lados
–la sementera, atrás, de tu mágica memoria,
los rastrojos, delante, de enigmas ignorados–,

sin horror de borrasca aún, bonanza ilusoria,
mecida en la fulgente ebriedad de la demora,
finta de eternidad de quïen se vanagloria

de esplender un instante, que la edad atesora:
la bella en «El Aleph» perdida, y reencontrada
hacia el ocaso; asombro y la hoz, tu «segadora»…

Mas a toda intemperie tu voz daba morada;
perspicacia fraterna y paternal de un amparo
del que tu ausencia priva a una herencia desolada.

¿Cómo dirán los libros detalles que acaparo
para nuestra reunión postergada y minuciosa,
si te impide explicarme aún tanto el tiempo avaro?

La traducción pendiente, el curso sobre «la cosa»,
no han ya de ser posibles, no, sin interrogarte:
por todo apelo, acudo a tu falta, que me acosa.

El calor y la luz caen a pique, sin tocarte:
quiero que me acompañes hoy a otra caminata,
sentir lo que de ellos el día nos reparte.

Ahora habrás de volver a tu tarea inmediata;
si la complicidad es medida de lo tácito,
queda oírte, ubicuo, en lo que te aclimata:
no explicito, y me abrigo, te abrazo, guardo el hálito