Cándida y lacerante…

 

 

Para Lucio, al reconocer de inmediato, a partir sólo de un par de versos sueltos, la alusión a un pregón de nuestra calle



Cándida y lacerante, la cornetilla hiende
–apremio sinüoso en doliente mercancía–
el bochorno del aire pasado el mediodía,
y por la hendidura cunde un tiempo ebrio aquende

el lago que en los plátanos cintila y suspende,
con la infancia estridente en que se resolvería
el rumor, la inminencia de otra epifanía:
doblado el blanco heraldo, en eco, por un duende…

No atinas a ligar ese timbre a una figura
que lo legitimara con vida en el pasado;
mas como a la voz desgarrada que pregona

«¡hay báldeee!…» la difunde el vacío y no sutura,
ángeles en él oyes clamar, atribulado,
cuyo coro tenaz no concilia, y abandona.