Barrancas

 

 

 

Lejos, lejos de la feroz calma

que transubstancia el dolor en oro,

un ángel de sal me hiende en hierba

del verde silencio de las piedras.

En el monte, un sonido dormido

dispersa al peregrino que duerme

tras el levitar de doradas hojas.

Tarde esmeralda del ser.

Una lágrima bordea al río,

que descansa en rumor de sombra,

en azahares de añil aroma.

Cerca, cerca de la luminosa

niebla, en dónde el aire descansa

tras los párpados de dos estrellas

que consuelan la tenue oscuridad

de la diáfana linde de los astros.

Soleado invierno de soledad.

 

 


 

 

 

A Carolina, en su cumpleaños

 

 

No entres temerosa en las tinieblas

que surcan los senderos del denso humo

que nos contrae.

En el levitar de tu espíritu, hallo la alhajada

forma del cristal.

Y, si el eco del ocaso envuelve

en las venas tus alunadas lágrimas,

piérdete

rehilando

               en los hilos de las nubes.

Y, si la penumbra recubre tu cuarto,

allí, bajo el despertar de tu ventana,

el viento que en vano silencia,

hará de la sombra su propia grieta.