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C.I.L.H.T. | Poesía argentina contemporánea |

 

ACERCA DE «JUAN L. ORTIZ. POESÍA Y ÉTICA», DE O. DEL BARCO

por Roberto Retamoso

En el espacio de la cultura actualmente dominante, parecería no haber demasiado lugar para ciertas figuras y determinadas obras, sobre todo si se trata de figuras y obras que desafían, interpelándolos, los supuestos y los sentidos sobre los que esa cultura se sostiene. Por ello, en el temible catálogo de las presencias molestas que blande la cultura hegemónica, se destacan, especialmente, las figuras y las obras de los poetas.

Semejante rechazo, obviamente, responde a razones profundas, que exceden con creces el territorio de las cuestiones morales o los asuntos del gusto: se trata, más bien, del rechazo a una concepción del lenguaje y sus usos que resulta inescindible respecto de una concepción ética y por lo mismo política acerca de los vínculos que, por medio de las palabras, entablamos constantemente con los otros. Para la perspectiva simplista, instrumental y autoritaria de la cultura hegemónica, la palabra no puede ser más que un medio de comunicación, lo cual implica, en consonancia con la lógica que la rige, que resulta inaceptable cualquier experiencia verbal que pretenda trascender semejantes marcos y semejantes límites.

Así, la poesía parece cada vez más confinada en el sitio de las cosas molestas, en el lugar de ciertos anacronismos que deben depositarse en el espacio de los museos para exhibirse como una inocua curiosidad. Los tiempos actuales parecen no desear, ni mucho menos permitir, que sustrayéndoselas de las formas más banales que rigen su comercio precario, las palabras se trabajen para hacer de ellas un objeto labrado por las técnicas del arte, porque en tal caso el lenguaje devendría en obra, es decir, en la cristalización de una concepción de la vida y del cosmos que manifestaría, en su singularidad, la riqueza inagotable de un micromundo donde el universo todo se dice y se recrea. No son tiempos, entonces, para la poesía, y por ello resulta tan significativo como alentador el hecho de que esta reunión nos congregue para celebrar su presencia.

Porque además, si no son éstos tiempos para la poesía, menos lo son para una obra como la de Juan Laurentino Ortiz. Para una obra que, a contramano de todos los valores actualmente imperantes, supo construirse como una experiencia radical de las posibilidades y los límites del lenguaje, en un devenir signado por el éxtasis y la contemplación del mundo poetizado, haciendo de su despliegue incesante e infinito el único modo posible de su inscripción en el orden del cosmos. Verdadero ejemplo ético de consagración a y consecuencia con la causa de la creación verbal, la obra de Juan L. Ortiz supo construirse además sustrayéndose de todas las tentaciones de la mundanidad y la socialidad: por ello, en el desarrollo sostenido de su creciente complejidad textual, atendió solamente a sus impulsos más íntimos, ignorando las demandas o las exigencias que las formas de la cultura por aquél entonces dominante podían imponer sobre el horizonte de su advenimiento.

En tal sentido, no es anecdótico recordar que Juan L. Ortiz publicó su primer libro recién a los 37 años de edad, ni que, después de probarla brevemente, abandonó la geografía física, cultural y literaria de la Metrópoli del Plata para asentarse definitivamente en su tierra natal, en el paisaje litoral que le dió forma y sentido a su vida al proveerle de los elementos esenciales a partir de los cuales pudo construir su obra.

Cuando uno se interna en la poesía de Juan L. Ortiz, cuando uno avanza por ese cauce de versos que se despliegan y expanden como si estuviesen mimando la expansión y el despliegue incesante del río, no puede menos que reparar en la recurrencia del río y del paisaje fluvial a lo largo de esos versos, acaso sorprendido por la insistencia en hacerlos su tema dominante y excluyente. Tal vez por ello, y también tal vez porque Juan L. no fue un poeta de la ciudad como muchos de sus contemporáneos célebres -como los poetas de la primer vanguardia rioplatense, o como los poetas de la Generación del 40 dentro de la que se lo suele incluir antes que por la cronología de su vida por la cronología de su obra-, fue rotulado por la crítica como un poeta regional, con todo lo que de valorativo el término comporta. Pero si la poesía de Juan L. se construía como una poesía de la región -y podríamos preguntarnos de qué otra manera una poesía podría construirse, si no es hablando del mundo tal y como el mundo para el poeta se revela- lo hacía no con los instrumentos empobrecidos y empobrecedores del habla regionalista, sino con los instrumentos enriquecedores y potentísimos de la gran tradición poética universal. Como es sabido, Juan L. se formó en lecturas finísimas y de una gravitación fundamental en la historia contemporánea de la literatura: Rilke, Mallarmé, los simbolistas belgas, Tolstoy, o aquellos poetas que supo traducir como Ungaretti, Pound o Eluard. Sumado a ello, accedió al conocimiento del chino y de la poesía china, traduciendo incluso poemas de esa tradición milenaria al español. Así, la poesía de Juan L. Ortiz, su peculiar escritura, se tramó en el diálogo y el intercambio sostenido con tamaño contexto textual, de lo que dan cuenta no sólo las formas sutilmente elaboradas de una tonalidad elocutiva que recupera lo mejor de la discursividad simbolista, sino también la dimensión diagramática, que evoca incluso la escritura ideogramática, de una literalidad que se compone como dibujo y representación gráfica del objeto poetizado.

De esa manera, la poesía de Ortiz actualiza en su lenguaje tanto a la mejor tradición poética de Occidente como a su otro, la poesía de Oriente. La potencia de esa poesía se despliega así en una amplitud de registros verdaderamente sorprendentes, a partir de los cuales se producirá la representación del mundo poetizado. Que habrá de cobrar las formas de una auténtica cosmología, pues en ella se tratará de dibujar la totalidad de los seres y las cosas que pueblan el mundo, ese mundo litoral donde la inmensidad inabarcable del universo, para Juan L., se revela.

Piadosa, por momentos franciscana, la poesía de Juan L. Ortiz no puede menos que vibrar en la pasión mesiánica o redentorista que esos seres y esas cosas le despiertan. Porque si en ella se trata por un lado de un auténtico conmoverse frente al destino temible que la Naturaleza y la Historia le imponen a las criaturas del mundo -a todas las criaturas, y de ahí la insistencia en nombrar, junto con los seres humanos, todo tipo de animalillos, florecillas u hojillas que pueblan, trémolamente, la superficie del cosmos- por otro lado se trata de afirmar la certeza triunfante de un mañana donde la salvación habrá de ser, por todos y para todos. La poesía orticiana es, en ese sentido, una poesía de la esperanza y del optimismo, ya que confía en que, por encima de la crueldad con que el presente trama los vínculos de los hombres con los otros seres vivientes o con ellos mismos, finalmente advendrá una edad en que se produzca la integración definitiva del hombre con el mundo, junto con la consagración del reinado armónico de todas las formas vitales.

Se trata, por cierto, de una mística comunista o de un comunismo de carácter místico. Por ello en la poesía de Ortiz conviven, como en ciertos escritos de Benjamin, aspectos de una religiosidad sutil con aspectos característicos de un pensamiento revolucionario y socialista. Obviamente, esos aspectos se manifiestan antes que en las formas inequívocas de los enunciados religiosos o políticos, en las formas tan indeterminadas como sugerentes de los enunciados poéticos. Por tal razón, la poesía de Juan L. Ortiz, lejos de configurarse como un decir asertivo que pretendiera afirmar una cierta verdad acerca de las cosas del mundo, se configura como un decir interrogante, como una poesía del preguntar que encuentra su fuerza y su potencia no en la capacidad de constatar el acontecer de las cosas sino en la capacidad de interpelarlas.

A lo largo de su devenir diacrónico como obra, la poesía de Juan L. fue trabajando cada vez más las formas y las articulaciones discursivas de su peculiar enunciación, haciendo de su fluir un curso textual donde la complejidad de esas articulaciones parece ser directamente proporcional respecto de la sutileza con que ese decir se adelgaza y afina. Por ello, una de las consecuencias de ese desenvolvimiento consiste en que la pregunta orticiana -tan fluyente y extensa como el discurso mismo que la sostiene- se expande casi ilimitadamente, constituyéndose muchas veces como tal a posteriori, dado que su enunciado suele no estar marcado por el signo de pregunta incial. De tal modo, esas preguntas imprevistas que confunden, diluyéndolos, los límites entre lo aseverativo y lo interrogativo, no dejan de ineterpelarnos cuando nos someten a la exigencia de examinar, de cuestionar, las razones por momentos metafísicas que esperamos o deseamos nos revelen el sentido inaprensible de las cosas. Notoriamente, la extensión de la pregunta orticiana es solidaria respecto de la amplitud de la sintaxis de su escritura: la una parece sostenerse en la otra, como si ese despliegue de secuencias discursivas que se modulan, sorpresivamente, como preguntas, solamente fuera posible sobre la base de una sintaxis que, también ella, prolifera y se amplía incesantemente.

Al desplegarse ilimitadamente, la sintaxis orticiana termina encontrando las formas más finas de su tejido en una verdadera proliferación de conjunciones y preposiciones donde su curso se teje tanto como se afina. Pero además, en ese adelgazarse del discurso se lee asimismo una especie de precipitación del habla hacia el sitio ubicuo de lo silente que rodea, como un horizonte de alteridad pero también de constitución, el espacio mismo de lo poético.

Tal vez por ello la sintaxis orticiana pareciera concluir, necesariamente, en la instancia recurrente de los puntos suspensivos. En esa instancia donde esos signos de puntuación marcan, paradójicamente, el lugar del corte y del vacío, de la elipsis que inscribe los momentos de discontinuidad donde el discurso que los contiene también acontece. La elipsis, así, es en Juan L. tanto vacío como contexto. Al rodear, literalmente, las formas nominales de su poesía, parece enmarcar los momentos recurrentes donde lo sustantivo se revela. Pero también parece marcar, en el seno mismo de esa poesía, los lugares de penetración donde lo que en ella no puede ser dicho de todos modos se señala.

Probablemente, la compleja urdimbre discursiva que caracteriza a la poesía de Ortiz, sus derivas, expansiones, supresiones y silencios que desafían, superándolas, las posibilidades de inteligibilidad que reclama la recepción social de los discursos, hayan determinado un horizonte de lecturas acotado y restringido, compuesto hasta ahora por una exigua producción de trabajos críticos y ensayísticos. Sintomáticamente, sobre la obra de Juan L. Ortiz se han escrito hasta hoy solamente dos libros, de Edelweiss Serra y Alfredo Veiravé. A ellos debe sumarse, en el inventario de lecturas críticas de la obra orticiana, diversos estudios y artículos publicados en los últimos años, entre los que descolla el prólogo a la primer edición de la Obra Completa escrito por Hugo Gola. No se trata, por cierto, de un volumen de trabajos que se corresponda con la dimensión significante de la obra, y en esa falta de correspondencia acaso pueda reconocerse cierta resistencia a la lectura que la poesía de Ortiz genera.

Por ello, resulta sumamente estimulante que se haya publicado este libro de Oscar del Barco que estamos presentando, antes que por el hecho de agregar una pieza a ese corto inventario, por tratarse de un libro valioso que propone una lectura tan profunda como singular de la poesía de Juan L. En ese sentido, resulta evidente que se trata de un texto que se distingue del resto de la bibliografía sobre Ortiz por su perspectiva francamente filosófica, por la manera particular en que el acontecer de su poesía es leído y sobre todo es pensado.

Situándose en una tradición que se remonta al romanticismo alemán y que se prolonga en autores como Mallarmé, Rilke o Celan, del Barco concibe a la poesía de Ortiz como una experiencia del lenguaje que excede las posibilidades de intelección del pensamiento racionalista. Porque la poesía de Juan L. -aunque en rigor, toda la poesía, podría decirse- supone para él una dimensión de religiosidad e incluso de misticismo que deroga las dualidades constitutivas de ese tipo de pensamiento. Así, ciertas oposiciones significativas del saber racional, como las oposiciones poeta / lenguaje, poeta / mundo e incluso la oposición fundante sujeto / objeto parecen desvanecerse en el plano unificador de la experiencia poética. Se trata, desde esa perspectiva, de la posibilidad de trascender las separaciones y las diferencias, dado que las cosas del mundo, en el advenimiento de la poesía, lejos de clausurarse en los límites de la percepción-intelección, entran en «disolución y en proyección», en «un acontecer total y deslimitado".

Por tanto, se trata asimismo de un estado de trascendencia de sí que conduce necesariamente a una suerte de fusión con el otro, con lo otro. Al respecto, dice del Barco de Juan L.: «Cuando canta al río no es sólo el río, aunque el río se despliegue con toda su ilimitada amplitud, con sus peces y sus pájaros, sus animales costeros y sus islas, su luz y sus hombres, sino que todo está sostenido y sobrellevado por cierta efusión trascendente en la que el poeta es el río y no alguien extraño que le canta.» Y si la idea de fusión supone una suerte de encuentro con lo otro que conservaría, en cierta medida, las diferencias, para la lectura de del Barco se trata de producir una vuelta de tuerca, afirmando que la trascendencia en lo otro implica, necesariamente, la desaparición -en tanto que muerte- del poeta.

Semejante concepción del vínculo existente entre poeta y lenguaje, o entre poeta y mundo, remite, de manera implícita pero también explícita, a Mallarmé. Por ello, el ensayo de del Barco señala esa filiación, como también la que la poesía de Ortiz guarda respecto de la poesía de Rilke. Desde ese punto de vista, debe destacarse la precisión y la rigurosidad con que el texto de del Barco sitúa los linajes y las deudas que instauran el territorio de emergencia por donde adviene la poesía oriticiana. Por ejemplo, las deudas con la música y la pintura modernas, que contribuyeron a la modulación musical de su discurso y a la composición espacial de sus poemas.

La justeza de la lectura de Oscar del Barco se sostiene, como se dijo, en una perspectiva filosófica. Por tal razón, se sustrae de los tecnicismos habituales de la crítica, de su analítica retórica y lingüística, para ubicarse en el nivel abarcador de la mirada y el pensar fundantes. Y es precisamente en ese nivel donde advierte la dimensión de misterio que supone el mundo, y lo ineluctable de su afirmación en la experiencia poética que lo dice porque es precisamente éso que dice. Por ello puede concluir afirmando que «insertarse en el misterio, ser el misterio en acto, es la palabra celebrante, como plenitud, como plegaria y como sustento del hombre. A esa teofanía real, concreta, viviente, (Juan L. Ortiz) la llamó revolución; no algo del mañana y por encima de la vida, sino la propia vida, la propia cotidianeidad, atravesada y alzada por la maravilla del encuentro, por el esp_endor del otro.»

De esa manera, la escritura de Oscar del Barco nos recuerda que la experiencia y la palabra poética de Ortiz no dejan de enfrentarnos con un núcleo irreductible a todo investimiento de sentido que alienta detrás o a través de cada manifestación de éso a lo que llamamos mundo. Pero si ése es el límite de esa poesía, es también el contorno de su grandeza. Porque en esa insuficiencia de sus palabras para decirlo todo reconocemos, paradójicamente, la magnitud de su potencia significante, que persiste en afirmar, en esta era de degradación de los lenguajes, las formas trascedentes y redentoras de una ética que solamente en esas palabras podría sostenerse.