Max Dauthendey

* Würzburg 25. 7. 1867, † Malang (Java) 29. 8. 1918.

 

 

Max Dauthendey

Max Dauthendey

 

A Vespero

A Véspero


Die Sonne fällt zur Erde. Gellend zerspringt ihr Licht.

Dicht vor dem blauen Tempel rollt sie nieder. Die berstenden Strahlen jagen durch den Tempelhain. Das Laub fliegt in braunroten Fetzen, geronnene Blutschlacken, triefende Purpurbrände. Alles rast durch die Bäume. Und die Bäume alle von unten in gequollenem Blut und stockend gründumpf.

Gestalten in blauen Laken und in Scharlach ziehen zum Licht.

Helle Wege sickern wie Wasserläufe unter den Bäumen. Blasse blaue Marmorgötter auf breiten flachen Rasenstufen die Anhöhe empor. Grün, blau, rot splittert das Licht über dem Grase, und in kritzelndem Wirbel wie glühende Metallspäne in der Luft.


Ein Schwefelhagel. Es prasselt aus der Sonne. Gellende Strahlstöße, fletschende Goldbrunst hochgeschleudert über den blauen Tempel, über den blutroten Hain.

Eine Bläue von geweihten heiligen Düften quillt aus der Halle, aus öden Säulen schwüles samthaariges Weihrauchblau.


Aber draußen die blutrote Ruhe im Hain steift sich gegen das tolläugige Licht.

Das rasende Gelb verzerrt, reißt das stockende geronnene Schweigen nieder.

Jede Grasspitze knistert, sticht Licht hoch. Rot, und Blau und ätzendes Grün. Das rote Dunkel stöhnt im Laube, versengt gekrümmt. Die Bäume in flatternde Fetzen gerissen, flachgepreßt. Und das Licht prallt gegen die Stämme, und verzerrt das Geäst.

Aber das Rot krampfhaft mit braunen röchelnden Kräften und hemmend die gelbe Wut und die Gier. Von den Baumfratzen trieft Purpur. Der Rasen blutet. Und wundgeritzt, rotentzündet der Boden.


Die Gestalten in blassem Blau und stierem Scharlach, alle beugen sich vor dem Lichte, vor der Sonne, die auf die Erde gefallen.

Die Duftbläue raucht aus dem Tempelmarmor. Und das Blau der Tempelhalle beugt sich vor der Sonne.

Das gewaltige Licht steht wie ein schmetternder Donner hochgeschwungen über allem, mit der Kraft berstender Tuben.

Die Sonne opfert.

Inbrünstige Feuer knien vor dem Tempel, klammern an den Säulen.


Auf goldroten Flügeln schwingt es hoch. Ein Hallelujah aus brausenden Himmelsschlünden.

 


El sol cae a tierra. Estridente, se hace añicos su luz.

Muy cerca, ante el templo azul, cae rodando. Los rayos, hendiéndose, se abaten por el bosque del templo. El follaje vuela en jirones pardorojizos, coaguladas impurezas sanguíneas, chorreantes incendios de púrpura. Todo se abalanza a través de los árboles. Y los árboles todos, de abajo, en sangre brotada y cuajando verdesordos.

Siluetas en sábanas azules y en escarlata marchan hacia la luz.

Claros caminos se escurren como venas de agua bajo los árboles. Pálidos dioses azules de mármol sobre amplias y planas gradas de césped, elevándose hacia la loma. Verde, azul, roja, se astilla la luz sobre la hierba, y en garabateante torbellino, como virutas de metal ardiente en el aire.

Un granizo de azufre. Crepitación desde el sol. Estridentes ráfagas irradiadas, áureo ardor rechinante, lanzados a lo alto por sobre el templo azul, por sobre el bosque rojo de sangre.

Un añil de sacros aromas consagrados mana del pórtico, sofocante azul de incienso con vello de terciopelo, saliendo de columnas yermas.

Pero afuera la paz del bosque roja como la sangre se atiesa contra la luz, de ojos demenciales.

El amarillo furioso distorsiona, demuele el silencio coagulado que se atasca.

Cruje cada punta de hierba, punza hacia arriba la luz. Rojo, y azul y verde cáustico. La roja oscuridad gime en el follaje, chamuscada y retorcida. Los árboles desgarrados en jirones ondulantes, achatados. Y la luz choca contra los troncos, desfigurando el ramaje.

Mas el rojo, espasmódico, con pardas fuerzas en estertor e inhibiendo el gualdo furor y la avidez. De la mueca de los árboles chorrea púrpura. El césped sangra. Y herido con rasguños, inflamado de rojo el suelo.

Las siluetas en pálido azul y rígido escarlata se inclinan todas ante la luz, ante el sol, que ha caído a tierra.

El añil del aroma humea del mármol del templo. Y el azul del pórtico se inclina ante el sol.

La luz majestuosa se yergue cual resonante trueno, arqueada por sobre todo, con la fuerza de tubos al estallar.

El sol ofrenda.

Ardorosos fuegos se arrodillan ante el templo, se aferran a las columnas.

Sobre alas flavas el impulso hacia lo alto. Un aleluya de rugientes fauces celestiales.


(Trad.: Héctor A. Piccoli)